Poder decir adiós, es crecer.
Entonces, no he crecido nada.
O sea sí, he crecido, pero, yo quiero crecer más en este instante.
El último día que crecí, fue el miércoles. Supe decir adiós a largos tiempos de incertidumbre, que me tienen (aún) con un nudo en la garganta.
Fueron muchas palabras, situaciones, ideas y pensamientos, hilados de perfecta forma... de la forma más comprensible para mi.
Lloré dando las gracias por la sinceridad, por la fluidez y por haber tenido la oportunidad de escucharlo todo.
Cada sílaba, calaba profundo y, a la vez, recordaba tantos momentos perdidos por estar suspendida en el aire.
Me tocaba las piernas, miraba por la ventana, miraba a la puerta y a ratos, me pedían mirar a los ojos. Y ahí, me perdía. Me perdía, me perdía.
Agradecí tanto el gesto, que lograba sonreír entre tantas lágrimas que rodaban por mis mejillas.
Doy la vida por repetir ese instante, por volver a decir cada palabra que no sé cómo pude hilar de forma coherente, sincera y satisfecha.
El mundo sigue girando y yo ya sé cuales son las cosas que jamás volverán a suceder.
Espero el día en que pueda al fin sostener el peso del universo sobre mis hombros y para eso, tal como me dijeron por ahí, debo aprender a pararme derecha.
Es momento de erguir la columna.
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