martes, 23 de agosto de 2011

Amor Ciego



Desde el sábado que ando con ansias de escribir, después de un lindo episodio que me tocó presenciar.
Fue una de esas cosas que uno nunca se explica porque suceden justo en el momento en el que uno necesita una señal; un empujoncito para ser más feliz.
Para algunos, puede que lo que escriba, sea una mierda, pero, para mi, fue el click necesario para comenzar a ver las cosas desde otro punto de vista.


Sábado 20 de Agosto.
19.55
Estoy en San Pablo con Vespucio. Vengo de Quilicura (otra vez), aunque, esta vez, vengo sin compañía alguna.
Me bajé de la 428 y ahora, como corresponde en la rutina, espero en el otro paradero cualquier micro que me acerque un poco más al centro de Pudahuel.
Me carga tener que esperar micro en esa esquina. Siempre hace frío, siempre está semi-oscuro y siempre me deprimo al estar ahí. Ese paradero tiene una energía rara y me apesta tener que estar parada ahí y pa' peor, las micros jamás pasan altiro. 10, 20 y hasta 30 minutos he tenido que esperar; y ante cualquier tiempo de espera, el frío se hace insoportable.
Ese día, como nunca, en menos de 5 minutos, apareció la micro blanca.
Subí, marque la tarjeta y le dije al chofer "Buenas noches" (siempre los saludo y siempre me despido).
Me senté en uno de esos asientos que son de 4, que van dos mirando hacia adelante y dos mirando hacia atrás. Yo me senté en el que me mira hacia adelante, en la butaca que da al pasillo.
No llevaba ni 3 minutos en la micro, y llegamos a la segunda parada.
Sentí que alguien desde abajo, gritaba "¡¿Qué micro es esta?!", a lo que el chofer respondió: ¡¡¡La 6!!!
Yo, pensé: "bueh! debe ser un ciego" y al instante, comencé a pensar en lo difícil que era para ellos movilizarse y también, en si al chofer le daba rabia cada vez que un ciego le hace parar la máquina sólo para preguntar ¿Qué micro es?
A continuación de la pregunta, subió una persona de unos 45 años, pagó y se dio vuelta a mirar a los ciegos sin hacer ningún aporte. Volví a pensar: "¿y este weas no va a hacer nada?"... efectivamente, el weas no hizo nada.
Acto seguido, sentí un bastón en la puerta y un señor que en voz muy alta, daba infinitas gracias, pero, que no se movía de la puerta. Volví a preguntarme "¿Por qué no viene a sentarse? ¿Acaso se va a quedar en la puerta hasta bajarse?". Como respuesta a mi pregunta, subió una señora de unos 40 años, pelo corto, contextura media.
Al estar ambos ya en la micro, estiraron sus bastones, y comenzaron a avanzar por la micro, hasta llegar al mismo lugar donde yo estaba ubicada.
Pidieron permiso (sin saber a quién), pasaron por delante de mi y se sentaron juntos, en los asientos que miran hacia atrás; es decir, frente a mi.
Como anécdota, apenas me subí a la micro, sentí un viento helado que me calaba los huesos y vi que el señor que iba en los asientos del otro lado del pasillo, cerraba una de las ventanas que iba abierta. Inmediatamente, empecé a buscar si había otra en igual condición y no la encontré... pero, seguía cagándome de frío.
Eeeeeeeeeeeen fin.
Me quedé pendiente de ellos. Ella, tenía en sus manos ambos bastones, los dos completamente blancos con autoadhesivos rojos reflectantes. Si más bien no recuerdo, la persona que usa bastón blanco, es porque sufre de ceguera total.
Él le pidió a ella que le entregara su bastón y ambos comenzaron a palpar los dos bastones plegados. Después de un par de segundos, él dijo "ya, este es el mio" y ella se lo reafirmó, diciendo: "sí, porque el tuyo bla bla bla" (blablabla = no caché que dijo)
Luego de eso, ellos hablaban bajito hasta que él levantó la voz, gritó y dijo "podrían cerrar la ventana, muchas gracias!!!"
Yo, comencé a mirar las ventanas y estaban todas cerradas. En fin, yo no estaba loca; eramos varios los cagados de frío.
El viaje seguía y de acá en adelante, mi viaje fue sólo lágrimas.
Los miraba incansablemente y derepente, se tomaron de la mano.
Él le dijo: "mi amor... estás helada" y ella se dejaba regalonear. Se tocaban constantemente las manos, hablaban y rozaban sus rostros.
En un momento, él, metió su mano en el bolsillo de su pantalón y sacó un celular. Lo acercó a sus ojos de forma exagerada; tanto así, que sus pestañas topaban en la pantalla del teléfono móvil y empezó a mover un pequeño botón. Cada vez que movía este botoncito, el celular hablaba, hasta que al fin, se lo puso en la oreja.
Comenzó a hablar, diciendo:
- Hola Mami...
- Sí, estamos bien
- Oiga Mami, vamos en camino con la (no recuerdo su nombre).
- Oiga mami, es que quería pedirle un favor... lo que pasa es que llevamos un litro de leche y un tarro con miel en las mochilas y quería saber si cuando lleguemos a la casa usted le podría preparar a mi amor un poco de leche con miel, porque le duele mucho la garganta y yo estoy muy preocupado.
- Ya Mami. Cualquier cosa, vamos en la 406 en camino a la casa. Nos vemos allá.
- Chao mami.
Al cortar, guardó su teléfono y palpaba las manos de su mujer y le murmuraba "te amo... quiero que te mejores".
Yo, los miraba y calladita lloraba. Podía sentir desde mi asiento el amor que se profesaban.
No conocían sus rostros, ningún detalle físico; sólo sus manos y sus voces confirmaban el amor de los dos y que se podía sentir a miles de kilómetros de distancia.
Mientras más los miraba, pensaba en que me hubiese gustado ser ciega, para poder sentir y escuchar sólo lo que quiero escuchar y que si me mentían, que lo hicieran, pues jamás iba a darme cuenta. Simplemente, iba a disfrutar de mi felicidad a oscuras, pero prendida de manos que quisieran tenerme y de una voz que quisiera hablarme.
Me bajé de la micro en el metro Pudahuel, con una sensación rara de jamás haber conocido el amor incondicional.
Entré al metro, cargué mi BIP y desde el metro, otra pareja de ciegos venía saliendo.
Se abrazaron, se besaron y de la mano se perdieron de mi vista.


Ahí ya exploté en llanto.
Muchas coincidencias de amores incondicionales, me demostraban que yo no era más que una mierda de mujer tratando de amar.
Siempre veo caras, veo rostros, veo ropas y tantas cosas inservibles al verdadero sentido del corazón.
Siempre he dicho que lo que se comunica en un abrazo, es totalmente ajeno a cualquiera de los sentidos humanos. Ese traspaso de energía, el calor y tantas cosas que pueden comunicarse, me llenan el alma.


Es como cuando en la intimidad, te ponen una venda. Desespera, pero es rico.
Con esto no quiero decir que las personas no videntes sientan igual, pero, es aquel juego de las energías que envuelven a las personas, que haces que te pegues como imán.
Yo tengo esa sensación con muy pocas personas... que quisiera tener abrazadas toda la vida y que ojalá no las viera, porque sólo quiero sentirlas.
Quiero prescindir de uno de mis sentidos para saber si sé amar de verdad.



1 comentario:

Maty dijo...

Muy bueno lo que dijiste joka me gusto!! Es bastante interesante la verdad, no es necesario mirar tu aspecto fisico para sentir realmentemente amor solo un sentimiento de escuchar !


saludos jokytaa!